La enseñanza a los alumnos
La mayor parte de nuestros jinetes ya tenía experiencia ecuestre, y era difícil desenseñarles lo que su memoria procedimental les había hecho hacer durante años. Nuestros alumnos seguían aferrados a sus técnicas: "giro, tiro con las manos, bloqueo con la pierna interior, me echo hacia atrás para parar…"
Deseábamos despertar su expresión corporal Y su planteamiento artístico. ¿Cómo sentir y hacer sentir emociones conservando una lucidez y una atención participante del espacio que se ocupa?
Durante mucho tiempo el hombre consideró la emoción como una traba para el funcionamiento cognitivo y como la marca de una dificultad para elevarse. Esta concepción extendida de la emoción se apoya en un pensamiento filosófico dualista que lleva a concebir el cuerpo como separado del espíritu: la etimología de la palabra « emoción », con su é- privativo, remite en efecto a « aquello que está privado de acción ». No es eso lo que pensamos…
Los binomios debían aprender a actuar como unidades « armoniosas », en relación con sus capacidades y posibilidades corporales, para favorecer el equilibrado homeostático de las funciones enactivas: una forma de ósmosis, en resumen. La enacción es una concepción de la cognición que subraya el modo en que los organismos y el espíritu humano se organizan a sí mismos en interacción con el entorno.
Debía por tanto desarrollar las capacidades cognitivas de mis alumnos Y enriquecer su experiencia vivida, para que el diálogo cuerpo-mundo se hiciera fluido y su cuerpo fuera la prolongación del de su caballo. Se lo repito como un mantra: "No estáis "haciendo equitación": tenéis que SER el caballo…"
Esto no puede ocurrir sin la repetición de ejercicios prácticos con ayuda de facilitadores. Pusimos en marcha señuelos para el cuerpo del jinete, a fin de simplificar el aprendizaje y modificar la imagen del cuerpo. Apelamos a las capacidades sensoriomotrices de nuestros alumnos, más acá del lenguaje: pensamos que es por el contacto entre su cuerpo y el del caballo, en la práctica, donde eso sucede. El cuerpo siente y aprende a saber. Desarrollará así un sentido de lo sensible.
No lo sabíamos, pero nuestra experiencia coincide con la escuela montpellerina de psicología del deporte y con los estudios de José Louis Moraguès: « al estudiar a atletas de alto nivel capaces de rendimiento deportivo, al buscar con algunos de ellos las condiciones psicológicas que iban a optimizar ese rendimiento, al acompañar a otros a reencontrarse con ese estado, descubrieron y modelizaron un modo original de ser-en-el-mundo que no pasa por la actividad psíquica de puesta en representación, sino que depende de una organización específica de lo corporal. Los datos recogidos entre estos deportistas muestran que en ciertas condiciones la manifestación corporal se efectúa al margen del pensar, y que es justamente ahí donde surge el rendimiento » (Moraguès, 2003a, 23)
Por ejemplo, utilizamos adoquines (o tablas gruesas) para que el peso del objeto en la mano del jinete engañara a la fuerza de tracción que opone a la boca del caballo; para que le ayudara a estabilizar sus hombros y los movimientos parásitos de la mano; y para que ambas manos permanecieran juntas sin poder retroceder jamás. Al cabo de cierto tiempo se retira el adoquín, y los jinetes permanecen en la posición que su cuerpo ha aprendido a sentir, y luego a conocer, para estar en conexión delicada pero precisa con el caballo.