Introducción
El caballo es un ser vibrante, poderoso, profundamente arraigado en las culturas.

En muchos aspectos, el caballo tiene un valor patrimonial. La literatura del mundo entero, la mitología. El caballo contribuyó a los cimientos de nuestras culturas como herramienta de labranza, como medio de desplazamiento y como ventaja en la guerra. Ha sido un formidable pedestal para los dirigentes de todos los países y de todos los tiempos. Basta con eso para medir hasta qué punto este espléndido animal está arraigado en nuestras culturas.

Es lógico, pues, que los cambios sociológicos repercutan en nuestra manera de vivir la equitación y la relación con el caballo. Como jinetes de doma y como entrenadores, hemos vivido y constatado una evolución en la relación entre los jinetes, sus monturas y la práctica de la equitación. Hemos sido testigos atentos de una mutación que nos parece ligada al contexto sociológico.

Para muchos jinetes, la búsqueda del rendimiento ya no es un Grial en sí misma: hace falta algo más, una dimensión ética palpable. Basta observar cuántas personas trabajan hoy en libertad con sus animales en las redes sociales — hoy se busca poner de relieve la fuerza vital del animal y el espacio relacional que se comparte con él — para comprender que la relación de dominación ya no es de nuestro tiempo.

El sueño del centauro sobrevuela el corazón de los jinetes más que nunca, y más aún el de los domadores.

Muchos jinetes, entre ellos nosotros, se han lanzado en busca de una práctica que permita magnificar la expresividad de nuestros caballos.

No trataré aquí de explicar por qué ha cambiado esa relación, sino que expondré hoy con honestidad el camino que fue el mío, porque me parece responder a inquietudes actuales y quizá contribuir a esa mutación.

Mi reflexión se ha desarrollado en tres ejes que voy a exponer. Cada uno de ellos, sin embargo, me parece ligado a los demás y en diálogo con ellos. Sin pretensión, hablaré un poco de mi trayectoria para que puedan captar los vínculos entre mi evolución como jinete y el modo en que mi pasión me empujó a convertirme en investigador.

Abordaremos:

— La mecánica del caballo, que me era indispensable para desarrollar una práctica técnica respetuosa con el animal.

— La pedagogía, porque el caballo solo puede comunicarse con un jinete educado. Tuve que trabajar ejercicios de comprensión cognitiva y entender los sesgos didácticos.

— Y también la fenomenología, que no domino como ciencia pero que practico intuitivamente, por lo que aporta a la comprensión de lo estético y sus vínculos con la increíble sensación de existir que trae la experiencia estética. Por ahí entraremos suavemente en nuestra exposición.

Nuestras investigaciones comenzaron en 2003, pero la historia empezó hace casi 60 años, en mi pueblo del sur de Francia.

Había un muchacho del pueblo que pasaba los jueves y los fines de semana a pelo sobre los caballos del señor del castillo. Todos lo conocían, pero yo lo acechaba: esperaba el sonido de los cascos de su caballo, que anunciaba la aparición de la pareja. Me parecía magnífico, y tan libre sobre aquellos Anglo-árabes, que yo vibraba de emoción a su paso.

Un día salió solo al campo con un potro entero y sufrió una caída mortal. El pueblo entero quedó sobrecogido de horror y los niños ya no tuvieron permiso para montar. Yo, sin embargo, seguía soñando con montar aquellos sementales. Así que íbamos a escondidas a los campos con otros chiquillos del pueblo; desafiamos la prohibición y montábamos a pelo los pequeños caballos de la Camarga, sin equipo y sin vigilancia de adultos.

La vida se encargó de alejarme de mi ADN e hizo de mí un comercial muy… comercial, con mi trajecito, mi bonito cochazo y mi sonrisa de fachada. Era un padre de familia respetable y bajo presión. A los 30 años sufrí un infarto. Mi médico fue genial: « Señor, no tiene elección: si quiere vivir, debe cambiar de vida ». Me tomé su consejo muy en serio.

Al salir del hospital dejé mi trabajo, dejé a mi mujer y fui a comprar mi primer caballo: « Tau » (léase Tao), un magnífico semental cruzado español de tres años, sin desbravar…

En el lugar donde estaba alojado, las personas a las que me confiaba para guiarme, con más de treinta años de experiencia, me animaron a montar a mi potro por primera vez en la pista que daba al prado de las yeguas, con el pretexto de que era noble. « ¿Están seguros? » — « SÍ, llevo treinta años domando caballos ».

Sufrí una caída espectacular por encima del caballo, contra las alambradas, y decidí que no volvería a escuchar a nadie.

Como antiguo judoca, era deportista y no tenía aprensión a la caída. Habiendo estudiado mecánica, veía al caballo como un vehículo, algo complejo, pero vivo. Compré tratados de hipología y de etología, libros que hablaban del caballo en sí mismo, como ser vivo.

A partir de ahí domé tres caballos y un poni. Hacíamos espectáculos ecuestres en la región; monté una cuadra en la Camarga. En verano era cabaré ecuestre, con los compañeros.

Muy pronto me desalentó lo que se pedía a nuestros animales, en dos aspectos: había una evidente falta de rigor en las técnicas empleadas para la doma (que por tanto no lo era), y jamás se respetaban los ritmos de nuestros caballos, que hacían esfuerzos intensos durante toda la temporada. Muchos terminaban lesionados.

Paralelamente a todo esto, recorría los terrenos de concurso.
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